Hoy entré a uno de esos bazares chinos que tienen mil chucherías. Podría pasar mucho tiempo allí y comprar casi todo, así que siempre voy sabiendo que tengo que contenerme, como cuando entro a una panadería.

Le compre unos regalitos a las seños de mi hija, un espejo para mi y unos pañuelos descartables. En la caja veo unos huevitos pequeños. Algunos estaban abiertos y un poco rotos. Adentro había unos pequeños dinosaurios de colores. Pensé en comprarle uno a mi hija pero quería encontrar uno que pudiera abrirse sin romperse, abro uno haciendo un poco de fuerza y le pregunto al cajero chino “¿cómo es esto?”. Mi sorpresa y desolación fue total cuando me dijo que lo había roto, le expliqué que había otros abiertos y me dijo “la gente toca” sin ocultar su mal humor. Le pregunte si podía llevar uno sano y me dijo que sí.

Mientras salía del negocio con una mezcla de angustia y risa, me puse a pensar en cómo se sentirá mi hija cuando la reto o le digo que rompió algo. Estoy en un tiempo de replanteos – no se en realidad si en algún momento no estoy planteándome y re planteándome la crianza – y vivir la experiencia en el bazar me sirvió para intentar ser más comprensiva.

La cuestión es que los huevos cerrados se ponen en el agua y después de unos días el dinosaurio crece y el huevo se abre. Cuando se lo dí a mi niña le intenté explicar que no se abría, que había que dejarlo en agua y me sorprendí diciéndole “no!” cuando lo abrió al minuto de que se lo dí. En fin, trataré de romper menos huevos de ahora en más, contando desde… ¡ahora!

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