En la actualidad es políticamente correcto criticar a los cuentos de hadas. Los argumentos que se alzan contra ellos suelen ser variados: que alimentan estereotipos, que suponen a príncipes y princesas como héroes, que en ellos la mujer tiene un lugar irrelevante, que cuentan sobre la maldad y el sufrimiento. No puedo en este breve artículo desarrollar cada punto, espero poder hacerlo en siguientes textos. Pero el análisis que hace Bruno Bettelheim, autor del libro “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”, es totalmente opuesto a estos argumentos. Explica que no debemos leer los cuentos de hadas desde la racionalidad adulta, ya que sus historias tienen una naturaleza irreal y ponen de manifiesto que hacen referencia al mundo interno de los lectores.

Bruno Bettelheim nos dice que el mensaje más importante que los cuentos de hadas transmiten a los niños es “que la lucha contra las serias dificultades de la vida es inevitable, es parte intrínseca de la existencia humana; pero si uno no huye, sino que se enfrenta a las privaciones inesperadas y a menudo injustas, llega a dominar todos los obstáculos alzándose, al fin, victorioso”. Si bien parece una idea novedosa esto fue escrito en 1970.

Bruno escribió el libro para que los adultos entendamos la importancia de seguir contando estos cuentos a nuestros niños. Criticó a los cuentos para niños de su época porque no hacían referencia a los problemas existenciales con los que se enfrentan los pequeños. Como padres quizás nos asusta pensar que nuestros hijos se preguntan sobre la existencia, el envejecimiento, la muerte, la sexualidad, pero todos hemos atravesado esas preguntas durante la infancia. Los profundos conflictos internos que surgen de aquellas preguntas generalmente se expresan mediante miedo a la oscuridad, angustia frente a algún animal o respecto al propio cuerpo. Los niños necesitan que se le den sugerencias, de forma simbólica, de cómo debe tratar con dichos problemas.

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Según Bruno el significado profundo de los cuentos de hadas será diferente para cada persona, e incluso para la misma persona en distintos momentos de su vida. “El niño obtendrá un significado distinto de la misma historia según sus intereses y necesidades del momento”. No podemos saber de antemano a qué edad contar cada cuento ni porqué, “tan solo el niño puede revelárnoslo a través de la fuerza del sentimiento con que reacciona a lo que un cuento evoca en su consciente e inconsciente”. Sugiere que lo habitual es que uno de los padres comience contando el cuento que recuerda como relevante de su propia infancia. Si el cuento es relevante para el niño, seguramente nos pedirá que volvamos a contárselo.

Bruno aclara que no debemos pretender interpretar ni analizar las emociones del niño frente al cuento. “Es tan importante para el bienestar del niño sentir que sus padres comparten sus emociones, disfrutando con el mismo cuento, como la sensación que tiene de que sus padres ignoran sus pensamientos internos hasta el momento en que el niño decide revelarlos”. “Los cuentos de hadas enriquecen la vida del niño y le prestan una cualidad fascinante, precisamente porque no sabe de qué manera ha actuado el encanto de dichas historias en él”.

Hace falta recordar que los cuentos de hadas existen desde hace cientos de años y en la gran mayoría de culturas, en un principio eran relatados en forma oral, solo más tarde se plasmaron en papel. Cada cuento de hadas “es el resultado del contenido común consciente e inconsciente una vez modificado por la mente consciente, no de una persona en particular, sino por el consenso de muchas, en cuanto a lo que, según ellas, son problemas humanos universales y a lo que aceptan como soluciones deseables. Si todos estos elementos no estuvieran presentes en un cuento de hadas, éstos no irían contándose de generación en generación.”

Este artículo constituye apenas una humilde aproximación al libro de Bruno, que es de una riqueza inmensa. Espero más adelante seguir desarrollando y ampliando lo que dijimos hasta aquí.

 

Imagen de portada de la nota: “La abuela cuentacuentos”, grabado de Gustave Doré.

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